miércoles, 12 de abril de 2017

CAPÍTULO 14 MUERTE EN BUENOS AIRES



Tenía que cerrar una historia en su vida y luego de que había pasado bastante tiempo y alejado de todo eso que pudiera levantar sospechas, preparaba una visita más.
Aproveché en las vacaciones de invierno que podía viajar a cualquier lado sin tener que dar explicaciones. A conocidos les dije que me iba unos días a Neuquén, cuando en realidad preparaba un viaje a Buenos Aires, donde vivía una mujer a la que tenía la necesidad imperiosa de matar para saciar mis ansias de venganza. Ni vale la pena contar el porqué, solo que valía la pena cerrar ese círculo de mentiras, traiciones y que realmente se lo merecía.
Alquilé un depto en una ciudad de Neuquén ya no importa saber cuál, en donde me hice ver por la gente como un turista más. Y una noche cuando ya tenía todo bien planeado, partí hacia Baires. Tenía una parada segura que era un hotelucho de mala muerte en provincia en donde ni siquiera te pedían documento ni mayores datos, te podías registrar con nombre falso.
La misma mañana en que llegue preparé todo, salí a dar unas vueltas para ver bien la localización de cámaras policiales y la de negocios o particulares. No quería quedar en ninguna grabación que luego pudiera usar la cana o saliera en los noticieros. Eso me llevó un par de horas de vueltas, para no llamar la atención.
Fui hasta la locación en donde daba clases de arte, saqué mi cuerda de piano de ahorque y lo reemplacé por un alambre de acero fino, no quería ser demasiado evidente con la cuerda de piano y que me pudieran rastrear por algún resto que quedara.
Esperé a que saliera del lugar y mientras se despedía de sus alumnos y guardaba sus cosas en los asientos de atrás del auto, salí lentamente de la obscuridad de los árboles de la vereda y me acerqué por detrás. Su culo gordo asomaba por la puerta trasera y fue su fin cuando se enderezó y cerró la puerta. El alambre brillante cortó cualquier grito que quisiera dar. Sentí el tronar de la garganta cuando fue cercenada, en ese instante apoyé mi rodilla contra su corta espalda y la presión hizo que sus siliconas mal operadas casi se reventaran contra la puerta del auto. Seguí empujando y tironeando hasta que la cuerda hizo un chasquido al chocar contra las vértebras cervicales. Un poco más de presión y la cabeza cayó casi en cámara lenta al suelo, el cuerpo aún apoyado en la puerta fue descendiendo mientras un gorgoteo del cuello rebanado manchaba el auto y el suelo.
Miré a todos lados, nadie se percató de lo sucedido, no llevó más de diez segundos la decapitación. Saqué una bolsa negra del bolsillo de la campera y caminando lentamente hacia la obscuridad iba guardando cable y guantes.
En el auto pude cambiarme completamente, toda la ropa usada la puse en bolsas, incluido los zapatos. Manejé hasta una fábrica abandonada donde ni los linyeras osaban andar. Ahí quemé en un tambor toda posible evidencia que me incriminara. No había forma de rescatar ningún indicio de adn.
Feliz que el proyecto terminara y el círculo vicioso mental tuviera fin.
Volví a viajar hacia Neuquén mientras escuchaba música.
Fueron unas vacaciones hermosas.






jueves, 22 de diciembre de 2016

CAPITULO 13 DESCONOCIDO

Me sentía intranquilo, darme cuenta que había otro asesino como yo en las cercanías me quitaba el sueño. Imposible saber quien fue y los motivos. No parecía la escena preparada de antemano, sonaba más a los primeros pasos de un asesino a sangre fría. Así me sentí yo mismo al principio. La adrenalina que no te dejaba pensar, ahogándote de placer, obnubilando la mente. Tenía que sacarme de la mente estos pensamientos y sobre todo porque me imaginaba que pasaría si salía a la luz los primero cadaveres que dejara por ahí. Habría una investigación completa, a fondo, en donde seguro que saltarían las estadísticas, que hasta el momento a nadie le interesaba. Lo bueno de vivir en este país, es que a nadie le interesa que le pasa al otro. Si desaparece alguien, no pasa nada. Desaparecía mucha gente en los alrededores, en el campo y nadie se ha enterado, no salen en los medios, no hay investigadores, no hay interés por parte del estado en investigar, tienen demasiado trabajo con los robos, como para meter mano en algo más problemático. Pero necesitaba salir, tenía sed de adrenalina, hambriento y no solo de sangre. Cuando me proponía y ya tenía una víctima en mente, comenzaba el juego del gato y el ratón. Había tomado el gusto de investigar al blanco, pero ya no de lejos, casi rozando con la interacción directa. Le seguía de cerca y coincidía en algunos lugares, donde no hubieran cámaras de seguridad, donde no fuera conocido por empleados o clientes. En algún mercado, tienda, inclusive en la calle con un "buenos días" de saludo al pasar. Me gustaba cazar, sentir la presa, olerla y tocarla sin que se den cuenta, marcando mi terreno, mi premio. Y así estaba días después más tranquilo ya, sin tantos nervios de que apareciera algún cuerpo a medio esconder y que las autoridades tuvieran que pasar la lupa por la ciudad. Un hombre de mediana edad compraba en una verdulería cerca del centro, al cruzarnos las miradas nos saludamos siendo desconocidos, como es costumbre aún en esta ciudad a pesar del gran crecimiento y que ya no nos conocemos con todo el mundo.
Un profesor de inglés recién llegado a la ciudad según loq ue había averiguado, divorciado huyendo de un matrimonio donde la violencia era moneda corriente. Luego de varias denuncias y un juicio favorable hacia la mujer, no le quedó más que huir a la patagonia, a un pueblo perdido en la cordillera, donde no fuera conocido y en donde podría empezar de cero.
Me gustó bastante la imagen que hice en mi mente con lo que haría, hacía rato que pensaba en hacer algo distinto.
El hombre con la llave puesta en la puerta de su casa en el preciso instante que la estaba abriendo, se da vuelta al escuchar el ruido típico de una bolsa al romperse y escuchó la puteada que dije cuando las manzanas se desparramaron en su vereda, algunas rodaron incluso por la puerta de rejas de la entrada, que conveniente.
Como me reconoció al instante de la verdulería y al habernos cruzado muchas veces en semanas, había creado una familiaridad. Eso de conocer a una persona por la cotidianeidad con la que interactuas, visualmente sin contacto directo. Hasta el día que cruzás esa lejanía con las palabras. El cerebro automáticamente guarda esas imágenes, donde las atesora, asimila y compara con el medio ambiente que nos rodea. Donde las usa principalmente para descartar el peligro. Luego de eso, es el reconocimiento facial y corporal, por último la asiduidad que lo da continuamente cruzarte varias veces con la misma persona, abre la comodidad y la tranquilidad de que es un par, igual a vos.
Al agacharse para ayudarme a juntar la fruta que se había desparramado de la bolsa rota, el hombre no se preguntó como llegué alli a varias cuadras de su casa, solo recordaba en ese instante que me habíamos cruzado un saludos minutos antes. Le miré con la culpa de la verguenza que da estos accidentes y cuando él correspondió con una risita incómoda, saqué de mi bolsillo la picana eléctrica y se la apliqué en el tobillo, donde dejaría una marca, pero conociendo al forense local, ni se percataría ni creería que tendría esa marquita alco que ver con el muerto.
Ni siquiera el hombre pudo gritar, la electricidad contrae todos los músculos del cuerpo, todo. Incluso la lengua se crispa de tal forma que no se puede usar ni para tragar saliva, durante unos segundos claro. A veces puede suceder un desmayo, pero a la mayoría le pasaba lo mismo, parálisis corporal, perdida total del movimiento, imposibilidad de coordinación, desorientación, incapacidad para pensar coherentemente.
Aprovechando todo esto lo agarro de las axilas y lo levanto para que al arrastrarlo hacia dentro de la casa no queden marcas en el piso. Antes de cerrar la puerta, miro que todo esté trnaquilo en la calle. Una vez dentro saco un frasquito con cloroformo y unas gotas en la naríz para que duerma lo necesario hasta que esté todo listo.
Cuando el tipo se despierta media hora después le llevó poco rato darse cuenta de la situación. Porque primero el cerebro intenta dilucidar que le pasó y luego que es lo que está pasando ahora. Cuando está en situación de peligro el cerebro manda oleadas de adrenalina que limpia el sistema y lo prepara para huir o luchar y eso depende del carácter de la persona. Algunos pelean, quizá los más debiluchos de cuerpo, pero de carácter fuerte, líderes con capacidad de mandar. Otros huyen, gritan pidiendo ayuda, se quedan paralizados, lloran o directamente se entregan y ya no les importa nada. Este era ese caso.
Yo estaba sentado en un sillón mirándo sus reacciones, pude ver en sus ojos y en su cara como iba pasando por todos los estadíos mentales y emociones. Intriga, miedo, desesperación, pasividad ante lo inevitable, en pocos segundos sintió lo que la mayoría no lo vive si no hasta el final de una alrga vida.
Cuando mira a su alrededor, buscando al culpable de si situación, me encuentra sentado muy sonriente. Al verme así tan cómodo, él también pudo leer en mis ojos y en mi cara mis emociones. Y vió placer, el placer de ver morir a alguien. Y ahí se dió cuenta en ese instante que no valía la pena luchar.
Se vió a si mismo y en ese paneo mental de lo que pasaba se dió cuenta que todo esfuerzo solo aceleraría lo inevitable.
Estaba sentado en una silla contra una columna, atado a ella con cinta adhesiva a la altura de los brazos, de esa forma no deja ninguna marca en la piel. La boca también encintada, pero forrada en tela, así tampoco dejaba marcas ni huellas. La experiencia me llevó a inventar herramientas de trabajo más útiles. Me pongo detrás de él y calculando la fuerza y la altura, sabiendo que es diestro, le hago un corte profundo en la muñeca izquierda donde comienza a manar sangre, pero no a chorros. Cambio de mano y con el mismo cuchillo pero con mi mano izquierda le hago varios cortes dispares en la muñeca derecha, creando así la apariencia que herido y con la zurda hizo pobres intentos de cortes. esta situación lleva minutos, pero quería eso, tiempo. Me senté frente a él y nos miramos mientras se le escapaba la vida. No había preguntas, ni odios, ni miedos en su mirada, solo aceptación. Cuando llegó el momento del desmayo final, que era la aproximación a la muerte, le quité las ataduras y acomodé las manos para que las salpicadas de sangre coincidieran con sus movimientos. Lo acomodé en la silla y lo solté, para que el cuerpo laxo tenga una caída natural. Cayó pesadamente y el cuchillo se deslizó con él. Esperé a su lado hasta que el último suspiro salió. Revisé todo, limpié mis posibles huellas, acomodé algunas cosas, tomé sus compras, las mías. Y me fuí. Tiempo después escuché en el informativo de la tele que lo habían encontrado en su casa semanas después de muerto. Nadie lo había extrañado.

viernes, 8 de julio de 2016

CAPITULO 12 VENGANZA



Ya estaba aburrido de matar siempre de las mismas formas, quizá parezca una locura hablar tan fácilmente de esto pero ¿Por qué no? Me gusta matar, no lo voy a negar.
Comencé a investigar sobre venenos, pero naturales, nada de laboratorio. Ciertas plantas y animales producen sus propios venenos. Como en la Patagonia de los bichos venenosos solo se puede conseguir alguna suegra por ahí, pensé en plantas. Investigue bastante hasta que di con una que crece justo y precisamente debajo de nuestras mismas narices, muy fácil de cultivar, no puedo decirles el nombre, ¿para qué darles el dato y que alguno lo use en algún acto de venganza? Prefiero quedar como el único asesino serial de la Patagonia, claro que hasta ahora nadie lo sabía. Nunca pudieron atar cabos entre los asesinatos, como hilos de un mismo ovillo. Tuve que probar este veneno, así lo hice con animales. El producto era bueno, pero no muy rápido y no tenía forma de mejorar el producto con un proceso de elaboración más perfecto, porque armar un laboratorio en casa levantaría demasiadas sospechas jaja. Se me complicaba realmente entre la cantidad de veneno y el peso del animal usado. Al no poder refinar el producto, no siempre salía igual, como de laboratorio. Alguna producción era más fuerte que otra. Entonces me decidí por hacer un destilado o como se denomina “tintura madre” del producto. El efecto era bastante traumático, bastaba con apenas apoyar el producto en la piel, que a las cuatro o cinco minutos (promedio) comenzaba con bradicardia, sudoración espesa, agrandamiento de la úvula (como si fuera reacción alérgica) mareos pronunciados, casi al desmayo. Luego de esta etapa principal seguía la de contracción muscular y caía en una hipotonía muscular donde el cuerpo quedaba laxo completamente y…la muerte. Todo esto entre cuatro y cinco minutos. Tampoco era Yiya Murano, pero podía envenenar a alguien y estar a kilómetros de distancia cuando llegara el fin.
Y llegó el día de hacer la primer prueba en humanos, esta vez elegí la venganza. Una situación de la cual habían pasado siete años ya, bastante tiempo como para levantar sospechas sobre mí. Y esa persona ya ni registraba quien era yo. Alguien que indirectamente tuvo que ver, pero nada más. Pero esta persona era cómplice de homicidio, aunque nunca se lo juzgó, pero sí al hijo, el verdadero homicida. Así que esperé, en algún momento tendría que ir a ver a su nueva mujer, sabía en donde trabajaba y solo era cuestión de vueltear un poco en una ciudad muy chica, siempre el tipo aparecía. Era cuestión de “tarde o temprano”.
Lo vi venir de lejos, esperé que entrara y me preparé para cuando saliera. Tenía muy estudiadas las cámaras de seguridad, bueno en esta ciudad no eran muchas y las conocíamos todas, aunque cada tanto las cambiara de lugar, en cualquier filmación solo verían que ese día fue el único día que estuve en esa zona, limpio como un cura en domingo. Cuando lo vi pasar por los gigantesco vidrios ahumados de la oficina encaminándose hacia la puerta, entre en escena, me choqué sin querer con él entre las dos puertas, los vidrios son tan obscuros que casi no se ve nada, ni desde las oficinas ni desde afuera, pedí disculpas y entré. Realicé un pequeño trámite y salí, todo en dos minutos. Como siempre había un policía de guardia, pero boludeando como todos los canas que por esa oficina pasan, no tienen muchas luces. Y este por suerte estaba como la gran mayoría boludeando con el celular, asi que ni me vió entrar ni salir. Tomé otro rumbo, me fui hasta un café, leí un libro de los que una biblioteca deja allí para que la clientela se deleite gratuitamente con la lectura mientras disfruta un exquisito café, un poco fuerte para mi gusto, pero quizá no tengo el estómago muy fuerte jajajajajaja.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

CAPITULO 11 PAZ

Después de esa tarde de lluvia se puso a pensar mucho. ¿Había otro asesino en la zona además de él? Quizá haya sido una casualidad y ese asesinato fuera una venganza, algo planeado motivado por la furia. No por las ganas de ver sangre. Seguí con mi vida, pero me sentía desnudo, como si alguien más pudiera sentir lo que yo vivía al matar. Cuando salía de casa me sentía perseguido, como si me observaran, pero sabía que eso era imposible, nadie me había visto ni siquiera el asesino del kayakista, era solo mi paranoia. ¿Lo era?
Motivado por la sed que crecía día a día, tuve que volver a salir en busca de mi alimento mortal. Supe que andaban un par de rateritos, carteristas que asolaban cierto barrio. Esta era una oportunidad de hacer un mal y un bien al mismo tiempo. Me preparé y salí en busca de mi paz.
Un hombre caminaba y tropezaba cada tanto con las paredes, evidentemente estaba ebrio. Fumaba y trataba de coincidir el cigarrillo con su boca. La vereda parecía llena de obstáculos precisamente para que el pobre hombre se tropezara con ellos. Era una escena cómica digna de una película. Esta situación no pasó desapercibida para dos jóvenes. Comenzaron a seguirlo y observarlo de lejos, cuando el borracho llegó a la esquina se apoyó en una pared, parecía que estaba orinando.
Aprovecharon esa pausa para acercarse y entre los dos le agarraron de los hombros lo dieron vuelta para empujarlo contra la pared, en sus manos relucían cuchillos, los cuales movían en el aire para amedrentarlo.

El ebrio temblando de miedo metió una mano en su chaqueta para darle la billetera. Del bolsillo sacó un bisturí que cortó la garganta de uno como si fuera manteca y el otro recibió un tajo en la yugular, todo pasó en un segundo. Mientras los ladrones se desangraban en el piso, sin poder emitir ni un ruido por sus cuellos rebanados, el ebrio limpió el bisturí con un trapo y lo guardó en una bolsa dentro de su chaqueta. Se fue y mientras prendía otro cigarrillo pensaba en el asesino del lago.

domingo, 21 de diciembre de 2014

CAPITULO 10 LLUVIA

Esa noche si que fue terrible, una lluvia repentina que tomó a todos de sorpresa. Faltaba una semana para que comience el verano, pero quien conoce la Patagonia sabe que aquí puede nevar en abril. La mayoría estaba pasando el día ya que en esa zona del parque Futalaufquen no estaba permitido pernoctar. Un lugar perfecto para hacer un asadito mientras miras el lago sentado en una reposera con un vasito de cerveza en la mano. Hasta que la Patagonia te cae encima, en un rato nomas se cubrió todo el cielo, negras las nubes y el trueno sonó a lo lejos. Eso significaba una sola cosa. Éxodo masivo.
El aguacero pego fuerte, las primeras gotas dolieron en la espalda como si fueran piedras. Por las dudas me metí debajo de un ciprés antes que me caiga un pedazo de hielo en la cabeza, suele granizar en tormentas como esa.
La gente levantó sus cosas muy rápido, en realidad veía como tiraban las cosas dentro de los vehículos y salían como si el diablo los persiguiera.
En cambio yo me lo tomé con calma, me prendí un cigarrillo y admire el lago, su superficie había cambiado. De las suaves olas pasó a la calma absoluta, el color verde azulado se mezcló con la obscuridad de las nubes y terminó en un gris-negro.
No se cuanto tiempo estuve mirando el lago, pero una vez me desperté del ensueño mágico sentí los síntomas. Tenía sed. Sed de matar.
Quedaba poca gente en la playa, algún que otro bobo que pareciera tentar al destino con que le caiga un rayo en la cabeza. En el bosque era distinto, había infinidad de árboles, demasiados como para que pegue uno justo en el que me cubría.
El ruido de la lluvia era realmente atronador, golpeaba con tal fuerza que no se oía nada más. Para quien ha vivido este tipo de tormentas, conoce lo que digo.
Lentamente comencé a curiosear a mí alrededor, quedaban un par de autos nada más, todos turistas, nadie de la zona. Tuve una sensación rara, como un deja vú. Abrí el baúl del auto y saque el rollo de nylon de pesca y el “amansa locos”. Me puse el sombrero de cuero para poder fumar sin que se moje el cigarrillo y enfile para la playa. Para los que no conocen los lagos del sur, la playa es todo piedra, muy poca arena, en realidad nada de arena, así que es difícil caminar, sobre todo con el aguacero que impedía ver a medio metro.
Un tiempo atrás me armé de un “amansa locos”, así le decían en el campo a un rebenque mucho más grueso y pesado que el que se usa en los caballos. Le saqué la parte de cuero delgada, la lengua. Y me quedé con la parte del garrote que es de donde se agarra. Bueno para atontar, no para matar.
Así andaba armado con el garrote y el nylon de pesca, mojado completamente como si me hubiera metido con la ropa al agua. Lo único que recuerdo es que perdí la noción del tiempo, no sabía si era de tarde o de noche, tal así era la negrura de la tormenta. Iba caminando con mucho cuidado, lejos del agua y cerca de los árboles, así a ningún rayo se le daba por pegarme en la cabeza.
Imposible prender un cigarrillo, todo pasado por agua, puteando en voz baja al clima seguí caminando, no se cuanto, quizá una hora más. Lo que sí se, es que cuando terminó todo llegue de noche al pueblo.
A lo lejos me pareció ver algo que desentonaba con la playa, me acerqué con cautela (nunca se sabe lo que puede haber en un bosque), y no era más que un kayak pequeño, supongo que sería del tipo individual. Me acerqué un poco más para verlo mejor, en ese intento tropecé con algo y me destroce contra el suelo. Las manos llenas de piedras clavadas en la carne, una rodilla que sangraba bastante a través de los pedazos de tela rotos del pantalón, ah y el crack que escuché en la rótula no debería ser nada bueno. Cuando me incorporé, en realidad gateando me agarré de una roca enorme, que no se como no me rompí la crisma contra esa redondez gigante, había un hombre que acurrucado trataba de guarecerse de la lluvia. Claro, era tal el ruido de las gotas y los truenos, que el tipo no me había oído caer.
Pensé unos segundos que haría, estaba agachado con la cabeza entre las rodillas, justo como para que recibiera un golpe del “amansa locos” en la nuca. Cuando tenía el palo en lo alto tomando impulso, me doy cuenta que no era agua el charco debajo de él, era sangre. Le muevo el hombro para ver si reaccionaba y apenas lo empujo se desparrama para un costado y quede semi apoyado en la roca.
Quedé pasmado, yo creo que debería haberme ahogado con toda la lluvia que entró en mi boca abierta de la sorpresa. Primero fue sorpresa, luego intriga y lo tercero no me lo esperaba. Miedo.
Del chaleco salvavidas abierto se escurrían las tripas del hombre, la mayoría había quedado en el charco debajo de él, pero algo colgaba aún de su vientre. La intriga hizo que me agachara para mirar bien, quería saber que le pasó. Tenía un corte a lo ancho y se abría hacia arriba hasta el esternón. El tajo era limpio, no se veía desgarro, en ese instante recordé todo lo que había investigado, leído, mirado. En mi mente desfilaban infinidad de imágenes de heridas de la pared abdominal, auto infligidas y hechas por algún homicida. Y segundos después llegué a la conclusión de que fueron hechas con un bisturí o algún cuchillo afiladísimo, además el corte era recto, perfecto. Le revisé la cabeza y en la nuca noté una inflamación, una dureza. Alguien le había dado un golpe para atontarlo y luego lo destripó aún estando con vida. Ahí sentí el miedo.
Alguien más acechaba, miré la negra sombra del bosque en un vano intento de conocer al asesino, creyendo que aún estaría ahí mirando su obra. Pensando quizá en el placer que sintió al cortar a una persona y verla desangrarse hasta morir. También podría ser un acto de venganza. Lo único que estaba mal, era mi presencia ahí. No pensé más, busque una piedra bien pesada y plana, le até con muchas vueltas el nylon de pesca para que no se salga así nomas. Le dejé unos metros de largo y la punta se la enrolle al cuello. Llevé la piedra hasta el agua y luego arrastré el cadáver dentro del lago hasta que ya no hice pie, me dejé llevar un par de metros por el peso de la piedra y recién ahí la solté, no pude ver si la piedra se lo llevó al fondo, pero pasado el tiempo me dí cuenta que sí, hizo su trabajo. Volví nadando buscando la costa borrosa, el bosque casi no se veía. Busqué la roca en donde estaba recostado el muerto, busque indicios de lucha, huellas, pero la lluvia habría borrado todo seguro. Mire dentro del kayak, estaba vacío. Volví a mirar al bosque, temiendo que me espiara el asesino, me sentía desnudo. Parecía ridículo, un asesino teniéndole miedo a otro. Por suerte la lluvia se encargaría de lavar la sangre, y las tripas lo harían los animales.
Esta vez volví bordeando el lago, no quería estar cerca de la obscuridad de los árboles. Cuando llegué al auto tiritaba de frío, la temperatura había bajado muchos grados. Mientras me ponía ropa seca y me fumaba un cigarrillo, pensaba. No le hice un favor al desaparecer el cuerpo, no quería que nadie estuviera investigando un crimen, prefería que investigaran una desaparición, un ahogamiento por las inclemencias del tiempo. Solo encontrarían un kayak vacío. Ninguna pista. Un turista más que se dio vuelta con el kayak en un lago desconocido con mal tiempo.
Con los años viví cosas muy fuertes, pero esa vez conocí el miedo.

Tenía competencia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

CAPITULO 9 HUMANIDAD

Cada vez me hice más preciso, ya era mucho más fácil no solo planear el crimen si no también la tarea de asesinar. Como bien dije “crimen” me queda más que claro que lo que cometí fueron crímenes horrendos y crueles. No me importaba nada de nada, digamos que mi amor por la humanidad había desaparecido hacía rato. No me alcanzaba con rondar por ahí maquinando en mi cabeza lo que haría, me había impuesto límites, horarios, cuidados extremos y mucha lectura sobre el tema. La gran Internet me enseñó demasiado quizá, casi nubla mi espontaneidad (eso era lo que más me gustaba), es impresionante como Internet te enseña de todo, desde hacer una wafles con dulce de leche hasta como desangrar a una persona en distintas posiciones y con cualquier arma con filo. Eso solo podía significar dos cosas, o estaba lleno de otros asesinos como yo o…estamos todos locos en este mundo. Mmm, creo que me inclino ahora a pensar en lo segundo. Tal vez sea esa falta de “humanidad” que pareciera que se ha ido esparciendo en el corazón de más personas. No se, a veces quisiera pensar que las personas que maté eran malas, odiosas, delincuentes, asesinos (como yo), pero no, no sé si lo eran, me daba lo mismo matar a alguien bueno que a un malo. Para que se entienda mejor, me importaba muy poco que la gente muera, buena o mala. Espero que mi punto de vista esté claro ahora. Tampoco me creo un monstruo, todos los días las personas mienten, engañan, abandonan, roban y no lo sabemos, pensamos que son gente de bien. Incluso aquellos casos de vecinos que después se vienen a enterar que eran jerarcas nazis o asesinos. Sin  comentar el hecho de una vez descubierto el crimen, purgar los años que la ley impuso y te los podes encontrar en la fila del mercado esperando a pagar las compras. ¿Qué significa esto? Que la vida no vale una mierda, y por eso tomo ventaja. Yo creo que la evolución nos llevará a esto, para poder tener una bolsa con comidas colgando de la mano, tendremos que ensangrentarnos las manos, matando a otros por esa comida. Y ahí, ¿va a importar algo la vida de los demás? Te lo contesto yo, NO, no servirá de nada la vida. Y no creo que se en un futuro muy distante.
Una vez le preguntaron a un asesino serial, porque había cometido esos crímenes tan horribles y sin sentido y su respuesta fue: ¿Por qué no?
¡Que respuesta! Yo pienso de otra forma.
¿Es una locura pensar que los asesinos sin sentido somos el futuro? ¿La evolución? Entonces la culpa no es nuestra, es de la sociedad asquerosa en que vivimos. Hace tiempo vi una película que se llama: “La noche de la bestia”, en esa época de la humanidad se les daba una noche completa para cometer sus mas bajos instintos, matar, violar, robar etc y no serían condenados, solo por esa noche, una vez al año. Cuando vi esa película, yo ya era quien era y me dio escalofríos, porque veía como las personas podían sacarse la careta y demostrar quienes son realmente por dentro, solo por una noche. Y ¿Qué somos? Monstruos, eso somos. y luego nos ocultamos bajo la máscara de la mediocridad humana, y lloramos cuando un gatito es pisado por un auto, cuando una nena se pierde (en realidad casos así fueron comprobados luego siempre que los padres mismos mataban a sus hijos o los desaparecen), y cuando una bomba explota en algún país que jamás podremos conocer personalmente, ahh pero mientras seguimos cocinando, comiendo, tomando, hablando mientras pasan esas cosas, no hacemos nada por impedirlas, solo lloriqueamos ante la tele, eso nos indica que el mundo todo se fue a la mierda. Por eso mismo habemos gente como yo, que nos regocijamos con la muerte, con matar con nuestras propias manos. No soy como esas personas que no pueden ver en la tele como matan a un animal para comerlo, pero mientras se come un pedazo de asado de vaca jaja. Yo hago la diferencia, me ensucio las manos con la sangre. No me molesta, me gusta.
Y ahora mismo tanta charla me dio ganas de salir, de dar unas vueltas por la ciudad, esta vez me gustaría probar usar la famosa cuerda de piano, dicen que es lo mejor para ahorcar.

Quizá tengas suerte de probarla.

miércoles, 16 de julio de 2014

CAPITULO 8 LA CLINICA



Hace unos años ya, no importa cuantos, tuve que someterme a una cirugía, aunque de carácter menor estuve dos días internado. Luego del primer día de operado me sentía muy bien, caminaba por toda la habitación más por aburrimiento que por necesidad de retomar fuerzas. Lo que me dí cuenta estando internado, es que la clínica apenas si tenía dos enfermeras para cuidar a todos los enfermos en el turno noche. Eso me dio una idea y aprovechando que cada una estaba en una habitación realizando su trabajo que le llevaba alrededor de diez minutos.
Unos pocos metros de mi habitación estaba terapia intensiva. Como ya había dado unas vueltas sin que me vean para tantear el terreno y ver quienes estaban en ese cuarto, conocía muy bien el lugar.
Cuando entré por las puertas dobles de vidrio, que mantienen libre de virus y bacteria la zona, sentí el olor a limpio, un aroma especial que solo se siente en lugares con asepsia al cien por ciento. Y el ruido, el ruido de un respirador que resoplaba el aire que ese paciente no podía hacerlo por sus propios medios. Había tanto silencio que casi podía oír las gotas del suero golpeando al caer. Solamente estaban dos personas, dos viejos. El que estaba más cerca de la entrada estaba conectado con varios sueros, supongo que con distintas medicaciones y calmantes, pero el otro que estaba más alejado era el que usaba el respirador. Hacia él apunte mi mirada, tenía que pensar rápido que haría, no quería que me pescaran con las manos en la masa.  El hombre que yo pensaba estaría en coma o simplemente dormido, en realidad estaba con los ojos bien abiertos mirando el techo. A pesar de tener el respirado y varios tubos que salían de su cuerpo no se lo veía tan mal. Cuando me acerqué notó mi presencia y cambió de posición para mirarme. Se sorprendió un poco al verme con la bata de enfermo, quizá habrá creído que era una enfermera. Nos miramos un momento eterno, que duro un abrir y cerrar de ojos. Y encaré a la maquina que controla al respirador, miré todos los botones (estaban en inglés) hasta que encontré el que apagaba la alarma sonora y el botón de apagado. A todo esto el hombre seguía atentamente mis movimientos. La mirada era más de curiosidad que de temor, eso me intrigó. Así que lo miré fijamente mientras apagaba la alarma sonora. Y puse el dedo en de apagar el respirador. Yo creo que desde que entré en el cuarto hasta ese momento habrán transcurrido tres minutos, o diez horas, nunca lo supe.
El viejo sonreía. Le pregunté si quería que apague el respirado. —Vas a morir —le dije.
El hombre seguía sonriendo y asintiendo con la cabeza. Eso quería. Deseaba que terminara con esa tortura. Lo pensé un momento y volví a prender la alarma. Le acaricié la cabeza. Me acerqué hasta su oído y le susurre. —Dejándote vivo, te di muerte.
Retrocedí y me fui a mi cuarto, antes de salir lo miré. A pesar de la mascarilla de oxígeno y los tubos que salían de su garganta pude darme cuenta que lloraba.
Al otro día a la mañana me dieron el alta, luego que me vestí y agradecí al médico y a las enfermeras, me escabullí hasta terapia intensiva.
La cama del viejo estaba vacía.